Escribo estas líneas tras haber concluido una serie de charlas en el colegio donde estudié, el C. P. Sa Graduada, en Ibiza, a donde fui invitado por una antigua profesora, María Ángeles Alcubilla Fornaris. Allí hablé con los alumnos sobre la importancia de iniciarse en la lectura desde una edad temprana, como lo hice yo en su momento.
No me limité a contarles las miles de aventuras que pueden vivirse a través de la pluma de Verne, Stevenson, Twain o Salgari. También los acompañé —no sé con qué grado de fortuna— en el proceso de crear sus propias historias. Si algo me ha enseñado esta experiencia, es que los niños poseen una imaginación desbordante y unas ganas inmensas de contar lo que pasa por sus cabezas. Lo comprobé al escuchar sus preguntas, sus ocurrencias, su impulso vital. Con la energía propia de la infancia, levantaban la mano con entusiasmo y me sorprendían, gratamente, cada vez que me pedían que les ayudara a corregir su relato, esperando, quizás, que yo pudiera guiarlos hacia buen puerto.
Las sociedades necesitan buenos lectores: personas capacitadas para discernir si conversan con un charlatán o con un ser sensato. Es indispensable seguir fomentando la lectura entre los más jóvenes, porque leer no es una actividad complementaria, sino una labor esencial que enriquece todos los saberes, sin importar el camino profesional que cada cual elija. Las campañas actuales de fomento lector, probablemente, no sean suficientes. Basta con salir a la calle para comprobarlo.
Las estadísticas son alarmantes: en España cada vez se lee menos. Este desinterés generalizado, que afecta también a adultos, pedagogos y políticos, podría deberse al rechazo sistemático hacia las humanidades, consideradas, de forma muy errónea, como saberes inútiles. Nada más lejos de la realidad. El último estudio indica que gran parte de la población no lee ni siquiera un libro al año. Como aficionado al arte de juntar palabras, confieso que estas cifras me provocan una honda desolación. La gente no es consciente de lo que significa adentrarse en una novela, un ensayo o un poemario. Las redes sociales, en las que cada vez hay más niños, exigen brevedad, inmediatez, espectáculo. No es de extrañar, entonces, que aumente el número de personas incapaces de expresar con claridad sus ideas o sentimientos. Hay una crisis gramatical que revela otra más profunda: la del pensamiento.
Y es que la falta de lectura se nota.
Es necesario cambiar estas estadísticas. ¿Y qué mejor forma de hacerlo que empezando por las nuevas generaciones? Padres y docentes deberían implicarse, desde la infancia, en la educación literaria de los pequeños. Mostrarles que la literatura no es aburrida, sino un refugio, una aventura, una liberación. Un libro no solo nos permite pasar un buen rato ni solo nos transporta a mundos que de otro modo jamás conoceríamos. Un libro también nos da sentido crítico. Cada día se nos ofrecen verdades maquilladas; nos bombardean con promesas de felicidad prefabricada; políticos de toda índole nos encandilan con cantos de sirena. Y es entonces cuando los libros acuden a nuestro rescate.
Hace un tiempo vi un vídeo en YouTube —plataforma que no frecuento, aunque de vez en cuando se encuentra algo interesante— en el que un escritor mexicano afirmaba: “Leer es resistir”. Qué gran verdad. Leer es un acto de resistencia frente a la ignorancia, los prejuicios, la vulgaridad, el embrutecimiento. Deberíamos interrogarnos, de cuando en cuando, sobre el sentido de la lectura y el de la escritura. El escritor peruano Mario Vargas Llosa nos ofrece una respuesta hermosa en Cartas a un joven novelista (1997), uno de sus ensayos más lúcidos. En él sostiene que la ficción existe porque los seres humanos nos sentimos insatisfechos. El ser humano tiende a la insatisfacción, y en su búsqueda constante de alivio, se sumerge en la ficción como forma de rebelión contra una vida limitada y a menudo amarga.
Los libros amueblan nuestra cabeza, nos permiten desconectarnos de todo, mejoran nuestra concentración, nuestra empatía, nuestra memoria, nuestra lucidez. Modifican —para bien— nuestro cerebro, nos ayudan a progresar y, sobre todo, nos protegen de la incultura. Tengamos presente que todos los regímenes totalitarios —religiosos, fascistas, comunistas o despóticos— han intentado, de una forma u otra, silenciar la ficción y a sus cultores.
Hay miles de razones para disfrutar de la lectura. Depende ahora de nosotros cambiar el rumbo de las cifras. Y lograr, al menos, que en un futuro no muy lejano, leamos un libro al año. Uno solo, para empezar.
Por mi parte, seguiré disfrutando de la compañía de Flaubert, Cervantes, Wilde, y viajando a mundos fantásticos como los imaginados por Tolkien, C. S. Lewis o Robert E. Howard. Y si las circunstancias me lo permiten, también seguiré compartiendo con los más jóvenes ese amor por los libros que un día transformó mi vida.
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Texto añadido con posterioridad a la publicación original (02/10/2022):
¡Qué agradable día fue! Recuerdo a María Ángeles llevándome a Sa Graduada para hablar con aquellos niños —que ahora ya no lo serán tanto…—. Me lo pasé muy bien dando aquellas clases, corrigiendo los relatos que escribieron con tanta ilusión. También comprendí algo que los niños aún no sabían —y yo, con 19 años por aquel entonces, tampoco—: que el mundo de los adultos es muchas veces un lugar triste, lleno de envidias, resentimientos y maldad. Recuerdo cómo te regañaron, María Ángeles. No les caías bien. Siempre fuiste demasiado libre. Y eso nunca gusta.
Aprendí mucho de ti.
Querida María Ángeles, me dolió tanto la noticia de tu fallecimiento unos años después.

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