El sueño de Ariadna

La pobre Ariadna ha sido abandonada en la isla de Naxos. La princesa cretense, hija del temible rey Minos y la sabia Pasífae, había entregado su corazón —y el hilo con el que se salvaría— al joven héroe ateniense. Teseo, tras internarse en el laberinto y dar muerte al Minotauro, se sirvió del amor incondicional de Ariadna para escapar del destino fatal. Pero una vez consumada su hazaña, ya no la necesitaba. El amor, convertido en instrumento, se vuelve olvido.

Ahora, desde la orilla solitaria, Ariadna contempla el puerto con las piernas recogidas, el rostro exhausto y el alma herida. Las velas de los navíos se alzan contra el viento, listas para zarpar en dirección a Atenas. Teseo se aleja sin volver la mirada. Ella, sin comprender aún del todo su destino, observa esa partida como quien ve desmoronarse una promesa. La herida es la del abandono amoroso y la del desarraigo: Ariadna ha dejado su hogar por un extranjero que la ha traicionado.

Baco y Ariadna, Tiziano (hacia 1520–1523), óleo sobre lienzo, 176,5 × 191 cm. National Gallery, Londres.

Y es entonces —en ese instante suspendido entre la desesperación y el desamparo— cuando aparece Dioniso, el dios del vino, el éxtasis y el delirio, acompañado de su séquito habitual: sátiros impúdicos, ménades en trance, panteras que tiran de su carro dorado. La comitiva, bulliciosa y salvaje, se detiene al advertir la figura solitaria de la princesa.

La escena, en su conjunción de dramatismo y revelación, es la que Tiziano inmortalizó en su célebre lienzo Baco y Ariadna (1520–1523), conservado en la National Gallery de Londres. Ariadna, sorprendida, se gira hacia el dios que se abalanza hacia ella. Sus miradas se encuentran. En ese cruce de ojos se anula el pasado y se abre una promesa: Ariadna no será reina en Atenas, pero lo será en el Olimpo.

La luz del cuadro baña a ambos protagonistas, destacándolos contra un cielo azul esplendoroso. En lo alto, una corona de estrellas brilla sobre la escena: la constelación Corona Borealis, símbolo del futuro que aguarda a la princesa. Según el mito, Dioniso le regaló una diadema de oro como obsequio de bodas, la cual fue transformada más tarde por Zeus en esa constelación para celebrar la unión divina.

El lienzo de Tiziano es una obra maestra en su capacidad para conjugar los tres tiempos de la acción dramática. El pasado queda representado por los barcos de Teseo que ya se alejan del puerto. El presente está encarnado en el momento vibrante en que Dioniso irrumpe en la escena y se abalanza sobre la princesa. Y el futuro aparece simbolizado por la constelación celeste que preside la composición: la apoteosis de Ariadna como esposa inmortal del dios. Todo ello orquestado con un sentido extraordinario del color, una composición dinámica y una atención exquisita al detalle.

Pero no fue solo Tiziano quien se sintió fascinado por este momento suspendido entre la desolación y el consuelo divino. John William Waterhouse (1849–1917), pintor prerrafaelita británico, también recreó la escena mitológica en su obra Ariadne (1898), aunque con un enfoque muy distinto. En lugar del instante dramático de la revelación, Waterhouse nos ofrece una visión onírica y silenciosa. Ariadna yace dormida sobre la arena, ajena aún al abandono. A lo lejos, la nave de Teseo ya ha desplegado las velas y se aleja sin que ella lo sepa. La presencia de Dioniso es apenas sugerida por las panteras, que, como guardianes del destino, merodean el sueño de la princesa.

Ariadne (1898), John William Waterhouse. Óleo sobre lienzo, 91 × 151 cm. Colección privada.

La pintura de Waterhouse, de una belleza delicada y melancólica, se concentra en la figura femenina, en su vulnerabilidad suspendida. No hay aún revelación ni redención. Todo es presente, un presente irreal y flotante, detenido en la calma antes de que lo inevitable suceda.

Frente al estallido de color y acción de Tiziano, Waterhouse opta por la introspección. Uno muestra el instante en que la vida cambia para siempre; el otro, el susurro de lo que está por venir. Ambos, sin embargo, convergen en una misma intuición: la de una mujer que, habiendo perdido todo, está a punto de ser transformada por lo inesperado.

Ariadna, símbolo del abandono y de la gloria, representa el tránsito de la herida al mito, de lo humano a lo divino. Y es ese tránsito el que los artistas, siglos después, siguen tratando de atrapar con sus pinceles.

Fruto de la contemplación silenciosa del cuadro de Waterhouse —y de la emoción que despierta esa Ariadna dormida, abandonada y aún ajena a su destino—, compuse este poema que recoge, a mi manera, ese instante suspendido entre el dolor y lo divino:

Ariadna dormida en Naxos

La claridad sin tiempo del Egeo,
una hora que no existe ya en los relojes del mundo.
Todo es azul y leve. Todo es espera.
La nave de Teseo, como una herida blanca,
se aleja de la orilla
y nadie llora aún.
Ni siquiera Ariadna.

Duerme, la princesa,
sobre un lecho de arena
que respira con el pulso secreto de las mareas.
Su cuerpo,
doblado por el amor que se le ha ido,
reposa
como reposa la rama caída del árbol de la sangre.
No sueña.
O sueña con algo que no puede decirse:
una antorcha,
una risa,
el hilo que vuelve a enredarse.

Dos panteras la miran.
No rugen,
no avanzan.
Parecen guardianas de un dios que aún no llega
pero ya ronda la escena con su fragancia de vino,
de parra,
de destino.

Oh Ariadna,
hija de la tierra y de los pasillos oscuros,
hija del laberinto,
de los muros que giran sin salida,
dormida aquí como la que ya no espera nada,
y sin embargo, toda tú, estás llena
de una luz que aún no te conoce.

Nada hay tan puro como este instante:
el abandono aún sin llanto,
la belleza antes del despertar,
el silencio antes del dios.



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