Una noche de reconocimientos, memorias y sonrisas anestesiadas

El pasado jueves 12 de diciembre de 2024, en el Teatro Pereyra, la PIMEEF (Petita i Mitjana Empresa d’Eivissa i Formentera) celebró su tradicional gala anual de premios, reconociendo a empresarios y proyectos que han contribuido de forma notable al tejido económico y social de las Pitiusas. Fue una velada de discursos emotivos, aplausos cálidos, copa en mano y cierta complicidad colectiva entre quienes, desde diferentes frentes, sostienen cada día la vida de las islas.

Fui como invitado por una de las empresas premiadas, la Librería Hipérbole. No podría haberme alegrado más. Si bien ya no formo parte del equipo, pasé allí siete años de mi vida. Fue mi primer trabajo, con apenas 19 años. Y aunque ya no sea mi lugar de trabajo, sigue siendo un lugar que siento mío. No es fácil desvincularse del todo de algo que te dio tanto: experiencia, amistades, cultura, vínculos. No son sólo excompañeras, son amigas. Así que verlas subir al escenario, ser reconocidas por más de cuarenta años de compromiso cultural con la isla, fue algo profundamente emotivo.

La jornada, sin embargo, comenzó con un pequeño contratiempo. Un molesto dolor de muelas me obligó a pasar antes por el dentista. Con la boca anestesiada y la mandíbula aún adormecida, llegué al evento algo torpe pero ilusionado. El dolor no me impidió disfrutar, aunque sí me hizo elegir con cuidado qué canapé comer.

El acto estuvo marcado por un tono sobrio y afectuoso, con un auditorio lleno hasta la bandera y una sucesión de discursos que, lejos de la frialdad protocolaria, supieron tocar esa fibra que mezcla orgullo, nostalgia y sentido de comunidad. Entre los premiados hubo empresas familiares, emprendedores jóvenes y figuras ya consolidadas. Y aunque los sectores eran diversos —hostelería, automoción, diseño, cultura— lo que se celebraba era común: la persistencia, el esfuerzo, la capacidad de crear tejido humano además de económico.

Tras la entrega de premios, vino lo mejor: las charlas, los reencuentros, el picoteo y el brindis. Me crucé con conocidos, saludé a antiguos clientes de la librería, compartí impresiones con algunos premiados y terminé conversando hasta altas horas con gente que, como yo, había ido también a acompañar.

Uno no necesita subir al escenario para sentirse parte del homenaje. A veces basta con haber sido parte de una historia que continúa, y verla reconocida. Esa noche en el Pereyra no fue sólo un acto institucional. Fue una especie de celebración coral de lo que supone trabajar con vocación, crear comunidad desde lo pequeño, resistir en una isla que cambia sin parar.

Y sí, al día siguiente volvió el dolor de muelas. Pero también quedó el regusto, esta vez no en la boca sino en el ánimo, de haber asistido —aunque con media cara dormida— a una celebración de lo que alguna vez fue y, en cierta manera, sigue siendo hogar.



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