RELATO: El océano tras la cortina

El agua caliente descendía con la precisión indiferente de un rito, cubriendo la piel de Gabriel con una lluvia tibia que, en su insistencia, borraba las marcas invisibles del día. Cada gota, cargada de una monotonía casi ceremoniosa, parecía tener el propósito secreto de desdibujarle, de devolverlo a un estado anterior, más puro o, tal vez, más insignificante. Allí estaba él, en el interior de su bañera —un templo de lo mundano, una caverna envuelta en vapor—, mientras la cortina oscura, un telón pesado e impenetrable, le separaba del resto del mundo.

En ese claustro de lo cotidiano, los pensamientos fluían con la misma obstinada persistencia del agua. Al principio, banales: la camisa que debía planchar, el café que había olvidado comprar, la pila de correos sin abrir acumulada en la entrada. Pero las nimiedades siempre eran preludio, una caravana que abría paso a aquello que Gabriel no podía evitar enfrentar: las grietas. Las fisuras diminutas, apenas perceptibles, que amenazaban con desmoronar el precario edificio de su existencia.

Mientras masajeaba el champú en su cabello, cerró los ojos. Era curioso, pensó, cómo ese simple gesto podía ser una metáfora de la confianza o del abandono. Uno cerraba los ojos frente al mundo para aclararse la vista, pero en ese acto también se entregaba a las sombras que habitaban dentro. Allí, en la oscuridad autoimpuesta, emergían los ecos: la conversación fallida con un amigo lejano, el mensaje sin respuesta, las miradas que nunca llegaron a cruzarse en el momento preciso. Y entonces, casi como si el agua misma lo susurrara, surgió un pensamiento: ¿Qué pasaría si no los abriera nunca más?

Un estremecimiento le recorrió el cuerpo, una chispa de miedo y, al mismo tiempo, de tentación. Cuando finalmente abrió los ojos, extendió la mano y corrió la cortina.

Y el baño había desaparecido.

En su lugar, un océano desbordaba el horizonte, vasto y oscuro como la propia eternidad. No había paredes ni techo, ni rastro alguno de la cerámica familiar. Bajo sus pies, la arena, fría y húmeda, se hundía ligeramente con su peso, como si aquel suelo improvisado ya se rindiera a su presencia. El cielo era un techo ausente, una cúpula sin estrellas, y el viento, cargado con sal y humedad, le golpeaba como si fuera un recordatorio de que todo aquello, por imposible que pareciera, era real.

Gabriel quedó petrificado. Intentó retroceder, pero la bañera, su última frontera de cordura, se había desvanecido. El océano respiraba frente a él, con un ritmo inquietante, como si cada ola fuera un latido antiguo y omnisciente. Entonces lo comprendió. No era el océano lo que le aterrorizaba; era su silencio.

Las aguas parecían contener todo aquello que había esquivado durante años. Cada ola que rompía en la distancia llevaba consigo un retazo de su propia memoria: el dolor de una infancia solitaria, las palabras nunca pronunciadas en momentos cruciales, las decisiones que le habían conducido no a un lugar, sino a un vacío. Todo estaba allí, contenido en ese mar, rugiendo en un idioma que solo él podía entender.

Y entonces, sin saber por qué, recordó a Tomás. No el Tomás reciente, ya apagado por el tedio de las redes sociales y las sonrisas postizas, sino el otro, el de hace años, aquel que le acarició la espalda en una fiesta interminable de verano —la última antes de la caída, antes de que todo, incluso los cuerpos, se convirtieran en negociaciones incómodas. ¿Dónde se había desvanecido aquel brillo? No en Tomás, sino en sí mismo. ¿Y si todo se hubiera resuelto con una frase bien dicha, con una invitación a desayunar en vez de huir al amanecer?

Y recordó otra fiesta, otra noche, otro exceso: la risa de su amiga Carolina, ese sonido como de cristales rotos sobre terciopelo, mezclado con el olor dulzón del vino tinto barato y la cera de velas derramándose en botellas vacías. Aquella noche bailaron descalzos en el patio húmedo, rodeados de risas, de cuerpos enredados, de promesas que nunca fueron formuladas con suficiente precisión como para que doliera su incumplimiento. Allí también estuvo Leonardo, su amor imposible, su historia sin historia. Lo miraba desde lejos, como se mira un retrato al que se le ha perdido el marco.

—Nunca me mirarás como yo te miro —le dijo una vez, sin voz, en silencio, con los ojos. Y Leonardo, de los que aman a mujeres y a quienes nada parece perturbar, siguió hablando de lo de siempre, con esa calma que a veces dolía más que el rechazo.

Gabriel, en cambio, se había quedado siempre en ese pasillo entre la noche y el amanecer, entre el deseo y la compostura, entre lo permitido y lo imaginado. Y ahora, el océano lo sabía. Lo sabía todo.

—No hay paz en la evasión —se dijo—, sólo la reiteración de lo temido en otro decorado.

La arena comenzó a desmoronarse bajo sus pies, arrastrada por una marea insidiosa. Gabriel quiso correr, pero sus piernas, como raíces, se negaban a obedecerle. Sentía el peso del viento y de las aguas acercándose, rodeándolo, como un abrazo que no podía ser rechazado.

Y pensó, como quien se agarra a una frase para no ahogarse en lo inefable: ¿Es la memoria una forma de mantenerse a flote o un ancla?

¿Por qué esa necesidad de volver siempre a los mismos nombres, las mismas escenas, las mismas preguntas no formuladas? ¿Por qué los recuerdos eran más vívidos que la propia vida, más tangibles que sus días actuales, más consistentes que el gris rutinario de los martes?

Recordó su primera vez con un chico. No fue con Tomás. Fue con un desconocido, en un hotel sin nombre, donde la vergüenza era tan espesa como el sudor. No hubo ternura. Sólo urgencia. Y al terminar, en vez de alivio, sintió el vacío, ese que luego llenaría con risas prestadas y gestos irónicos. Desde entonces, cada encuentro fue una forma de ensayar el olvido, y cada despedida una confirmación del fracaso.

Y en todo ese tiempo, ¿cuántas veces había deseado decir lo que sentía? ¿Cuántas veces eligió el silencio por miedo a alterar la imagen que los otros tenían de él?

Y ahora, frente al océano, ya no había otros. Ni fiestas, ni amantes, ni siquiera esa versión de sí mismo que había aprendido a representar como si fuera una obra de teatro sin público.

Entonces recordó un verso. Surgió en su mente como una llama temblorosa en mitad de una tormenta: “La mente es su propio lugar, y en sí misma puede hacer un Cielo del Infierno, un Infierno del Cielo”. Era Milton, claro, pero no era sólo Milton; era él. La frase había estado ahí siempre, escondida en sus pensamientos, aguardando el momento de revelarse como el epígrafe de su existencia.

Comprendió, en ese instante, que el océano no era ajeno. Era suyo. Era él.

La marea subió y le alcanzó las rodillas, helada, insistente. Gabriel cerró los ojos, quizás por última vez, y sintió el peso de su propia aceptación cayendo sobre él como una ola definitiva. No hubo lucha, porque no podía haberla. El océano le reclamaba no como una víctima, sino como una parte esencial de su ser.

Se levantó y caminó hacia las aguas, cada paso más firme, más inexorable. El frío le envolvía, pero no le rechazaba. Cuando las aguas le cubrieron por completo, sintió que el silencio lo abrazaba, que todo lo que había temido era ahora parte de él.

Y entonces, en la profundidad, dejó de resistirse. Allí, en el lugar donde todo acababa, comprendió que también todo comenzaba.

Pero no como se comienza un nuevo día, con la ingenua convicción de que basta el sol para borrar la noche; sino como quien regresa, con el peso de sí mismo a cuestas, a un origen que no es nacimiento sino ruina. Gabriel no flotaba: descendía. Y en ese descenso —tan sereno como inevitable—, el mar no lo envolvía con la hostilidad de un ahogo, sino con la íntima y húmeda familiaridad de una placenta oscura. Era como volver, pero no a un útero, sino a una grieta. A una fisura primigenia de donde había salido malformado, desviado ya desde el inicio hacia la tristeza, hacia ese modo tan suyo de estar fuera del mundo incluso cuando estaba rodeado de gente.

Abrió los ojos bajo el agua. La sal ardía, pero no tanto como el recuerdo de sus propios actos. No veía formas, sino luces difusas, vibraciones líquidas que parecían emanar de dentro de su cuerpo. ¿Era eso la verdad? ¿Un temblor continuo, una vibración sorda que nunca llega a articularse del todo? En la escuela le enseñaron que el sonido no viaja en el vacío, pero jamás le dijeron que la angustia sí, que la soledad podía atravesar incluso las distancias más herméticas del alma. Y allí estaba, suspendido en una claridad oscura, comprendiendo de golpe que nunca había tenido un lenguaje real para expresar su tristeza. La había dramatizado, sí, incluso explotado en sus relaciones más íntimas —si es que alguna fue verdaderamente íntima—, pero jamás había osado ponerle palabras verdaderas. Ni siquiera cuando lloraba.

Los ojos se le llenaron de imágenes que no eran suyas, o que al menos no recordaba haber vivido con plenitud: la risa de un chico en una biblioteca, el gesto torpe de un beso negado por temor al qué dirán, las horas mudas que pasaba mirando la pantalla del móvil esperando una respuesta que no llegaba y que, si llegaba, ya no tenía sentido. Y en medio de todo eso, su propio rostro reflejado en un espejo empañado, no tanto por el vapor como por el miedo: miedo a ser débil, a ser patético, a estar, siempre, más solo de lo que admitía incluso en los momentos de mayor compañía.

—He sido muchas cosas —pensó—, pero nunca fui valiente.

Y se vio caminando por calles nocturnas después de esas fiestas en las que todo era música, humo, deseo impreciso y miradas demasiado fugaces como para fundar una historia. Esas noches que prometían intensidad, pero que sólo dejaban un leve temblor en las piernas y un sabor rancio en la boca al despertar. Amó a muchos sin nombre, porque amar era también una forma de distraerse de sí mismo, de crear un relato aunque fuese falso. Pero nunca amó como había querido amar: despacio, con ternura, con esa paciencia que requieren los gestos pequeños. No, su amor siempre había sido un salto al abismo, un grito en medio del tráfico, un poema arrancado de un cuaderno que nadie leería.

El agua lo sostenía, y por un instante, la frontera entre cuerpo y mundo se volvió difusa. Ya no sabía dónde empezaba él y dónde terminaba el mar. Era extraño, pensó, que esa fusión que tanto había temido fuera también su anhelo más profundo. Y entonces surgió un pensamiento que lo atravesó como un puñal envuelto en terciopelo: tal vez todo lo que había vivido no había sido sino una preparación para rendirse. Pero no en el sentido vulgar y antiestético del suicidio, no, sino en el de aceptar por fin que no hay identidad fija, que uno es también lo que no ha podido ser, que uno arrastra consigo no solo sus actos, sino sus omisiones, sus cobardías, sus palabras tragadas.

Se llevó las manos al pecho. No sabía si temblaba o si era el agua la que vibraba alrededor. Sintió que lloraba, pero el llanto era indistinguible de la corriente. Allí, en esa catedral líquida sin columnas ni altares, tuvo la certeza de que la única religión posible era la memoria. Pero no la memoria heroica de los hechos gloriosos, sino esa otra, la de los errores, los gestos inacabados, las miradas que no se sostuvieron.

Vio pasar a Esteban, uno de sus pocos amigos verdaderos, el que una vez le dijo con voz temblorosa: “No sé si lo tuyo es tristeza o si estás enamorado del dolor”. Y Gabriel se enfadó. Le dijo que no entendía nada. Que no era cuestión de querer estar mal, sino de no poder estar bien. Pero ahora, sumido en esa masa de agua y olvido, entendía que Esteban tenía razón. Había una forma de seducción en la melancolía, una suerte de comodidad en no tener que luchar por nada concreto. Y mientras más se recreaba en su sufrimiento, más control tenía sobre él. El dolor era su última posesión. Su refugio. Su identidad secreta.

El agua lo rodeaba ya completamente. No había arriba ni abajo. Todo era profundidad. Y entonces, como un eco sin fuente, escuchó —o creyó escuchar— una voz que decía: “Quizás no estás aquí para comprenderte, sino para habitarte”.

Y con esa frase, algo cedió dentro de él. No era redención. No era alivio. Pero sí una forma de tregua. Una tregua entre su yo niño, que había llorado solo en una habitación con paredes de yeso barato; su yo adolescente, que escribía poemas clandestinos que luego rompía con vergüenza; y su yo adulto, que fingía saber lo que quería cuando en realidad solo sabía lo que no soportaba más.

Cuando abrió los ojos otra vez —aunque no recordaba haberlos cerrado—, todo era luz. No la luz brillante del sol, sino una claridad suspendida, como si el mundo se hubiera detenido en el umbral de una revelación. No había respuestas, pero tampoco preguntas. Solo una presencia. La suya. Plena. Inestable. Real.

Y en ese instante, comprendió —no como se comprende una fórmula, sino como se reconoce un rostro amado en la multitud— que no había mar. Que nunca lo hubo. Que todo aquello era su mente: su vasto océano interno, su laberinto sin minotauro, su memoria hecha elemento.

Entonces volvió a sentir el agua cayendo. Era la ducha. Volvía a estar en su baño, con las manos apoyadas contra la cerámica húmeda. El agua corría. La cortina seguía cerrada.

Gabriel no supo cuánto tiempo había pasado. Pero algo, algo había cambiado. No era otro. Era el mismo. Pero más cerca. Más habitado.

Se enjuagó el cabello lentamente. Apagó la ducha. Abrió la cortina.

Y por primera vez en mucho tiempo, no temió al espejo.

Por Jean Pierre Quiroz Rivera



Deja un comentario