Mario Vargas Llosa, in memoriam

No todos los nacimientos son biológicos. Algunos ocurren en silencio, al margen de las fechas, y pasan inadvertidos para quienes los protagonizan. Yo nací como lector una tarde cualquiera, en clase de Historia, cuando un profesor puso en mis manos un libro que, en apariencia, nada tenía de extraordinario. Martin Eden, de Jack London. Era un volumen ajado, con el lomo vencido y las hojas amarillentas, y sin embargo contenía dentro de sí una llama. No la reconocí de inmediato, pero aquella historia de un joven obrero que, por amor al saber y a la escritura, se enfrenta a los límites de su mundo y de sí mismo, tocó una fibra que aún no sabía que existía en mí.

Martin Eden fue el primer espejo. En él descubrí el vértigo de querer escribir sin haber vivido, el hambre de belleza, la necesidad —incomprensible a esa edad— de darle forma verbal a la propia confusión. Desde entonces, leer dejó de ser una actividad escolar para convertirse en un hábito febril, casi físico, una forma de búsqueda. Fue una iniciación, no tanto en la literatura, como en el deseo de comprender el mundo a través de la palabra.

Entre esas primeras incursiones, aún tímidas, se cruzó en mi camino un libro cuyo título me intrigó: El héroe discreto. No conocía el nombre del autor, Mario Vargas Llosa, pero su lectura supuso una revelación. No por su trama —cuya elegancia narrativa no tardaría en imponerse—, sino por el modo en que estaba escrita. Aquella prosa fluía con una naturalidad que no excluía la complejidad, con una música interna que se desplegaba sin alardes, como quien respira en voz baja pero con hondura. Me sorprendió, sobre todo, la inteligencia con la que se organizaba la narración, la precisión con que las estructuras se entrelazaban sin perturbar la claridad del relato. Por primera vez, percibí que la novela podía ser un arte de relojería secreta.

Aquel fue el punto de partida de una devoción. Leí, casi sin aliento, La ciudad y los perros, Conversación en la catedral, La guerra del fin del mundo, La fiesta del chivo. Cada libro era una expansión del mundo, una lección de estilo, una inmersión en las contradicciones del ser humano y en las tensiones de la historia. Vargas Llosa no era simplemente un narrador, sino un constructor de arquitecturas narrativas donde se albergaba el pensamiento, la pasión, la política, la ambición moral. En él descubrí que escribir una novela no era simplemente contar una historia, sino levantar una forma de conciencia.

Pero más decisivo aún fue el encuentro con sus ensayos. Recuerdo el estremecimiento intelectual que me produjo Cartas a un joven novelista, un libro que leí con lápiz en mano y temblor en los ojos. Aquel texto, dirigido a un destinatario ficticio pero que parecía escrito para mí, desplegaba no solo las claves del oficio, sino una ética de la escritura. El arte de narrar exigía rigor, vocación, una disposición casi monástica. El escritor, más que un inspirado, era un trabajador solitario que construía sentido desde la disciplina. Aquella lectura me dio, por primera vez, un modelo. Y no tardé en prometerme, con la arrogancia de la adolescencia y el fervor de los conversos, que algún día sería escritor.

La lectura de La civilización del espectáculo vino a ratificar esa vocación desde otro ángulo: el del pensamiento. En ese libro encontré una crítica firme, lúcida, casi profética de la banalización cultural, del imperio de lo efímero, del vaciamiento de los espacios públicos y de la degradación de la crítica. Vargas Llosa hablaba allí como un intelectual de otra época, convencido de que la cultura debía ser exigente, perturbadora, formativa. Hacía suyas —y yo también— las viejas ideas de que sin pensamiento no hay libertad, y sin libertad no hay verdadera cultura. Durante años, su mirada fue brújula: no sólo como novelista, sino como figura pública, como conciencia lúcida, como modelo de intelectual comprometido con el arte y la razón.

Admiré, además, su vida. La manera en que conjugaba la elegancia con la firmeza, la cortesía con la pasión, la dedicación con el éxito. Su biografía no estuvo exenta de controversia, pero nunca dejó de ser la de un hombre entregado a su vocación con una fidelidad casi ascética. En un tiempo donde la fama parece venir con la frivolidad, Vargas Llosa fue, hasta el final, un defensor de la seriedad. Su voz tenía la rotundidad de los que piensan a contracorriente, sin aspavientos, con convicción.

El tiempo, por supuesto, pasó. Llegaron otras lecturas, otras pasiones intelectuales. Descubrí la filosofía académica, que desplazó y enriqueció al mismo tiempo mi horizonte. Se diversificaron mis referentes, se problematizaron mis certezas. Lo que antes eran convicciones se convirtieron en preguntas, y la figura de Vargas Llosa se reubicó: ya no como guía único, sino como parte de una genealogía. Pero nada de eso invalidó la huella inicial. La marca que deja un autor en los años formativos no desaparece: se transforma en parte de la textura del pensamiento. Vargas Llosa permanece en mi forma de leer, en mi idea de lo que debe ser una novela, en mi deseo de que la literatura siga siendo un arte mayor.

Hace apenas unos días, su muerte —causada por una neumonía, según han dicho— puso fin a una de las trayectorias más imponentes de la literatura contemporánea. Tenía ochenta y nueve años, y, según cuentan sus hijos seguía escribiendo y leyendo. Su figura pública, ya ausente, no impedía que su legado siguiera creciendo en las bibliotecas del mundo. Con él se va uno de los últimos titanes de la narrativa universal, un novelista cuya ambición literaria sólo era comparable con la claridad de su pensamiento.

Y sin embargo, aunque haya fallecido, sigue vivo en quienes fuimos moldeados por sus libros. Porque entre el escritor y el lector se teje una relación que desafía la cronología: los autores que nos forman, que nos despiertan, que nos acompañan en los años en que todo es descubrimiento, permanecen en nosotros como presencias tutelares. Son voces que nos siguen hablando, incluso cuando ya no escriben. Porque la lectura es, también, una forma de filiación. Una manera secreta de herencia.

Y yo, que alguna vez fui un adolescente confuso, lector incierto y aprendiz de sueños, le debo a Mario Vargas Llosa algo más que el placer de la lectura: le debo la vocación. Le debo la idea de que la escritura es una forma de estar en el mundo con seriedad, con belleza y con sentido. Y aunque el tiempo haya traído nuevos horizontes, más complejos y más contradictorios, la gratitud permanece intacta.

La literatura, como la vida, se construye con los autores que nos conmueven. Jorge Mario Pedro Vargas Llosa fue, para mí, el primero.



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