Luis Alberto de Cuenca tiene un pie en la Antigüedad clásica y el otro en la cultura popular, con un oído atento a los versos de los poetas grecolatinos y otro a las guitarras eléctricas del rock español. Celebrar hoy el nuevo premio concedido a este poeta madrileño es también reconocer una forma de escribir que ha sabido moverse con naturalidad entre registros distintos y desactivar viejas dicotomías como la de la alta y la baja cultura, el clasicismo y la modernidad, o lo solemne y lo lúdico.
Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950) ha sido muchas cosas: director de la Biblioteca Nacional, secretario de Estado de Cultura, académico de número de la Real Academia de la Historia, traductor de autores clásicos, filólogo riguroso, letrista de Loquillo y profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Pero, por encima de todo, ha sido poeta. Un poeta con una voz inconfundible, clara y precisa, tan lúcida como una máxima de Séneca o Marco Aurelio, y atravesada por una ironía que a veces recuerda a la de Calvin y Hobbes.
Su obra, desde Los retratos (1971) hasta Cuaderno de vacaciones (2014), pasando por La caja de plata (1985), ha dibujado un itinerario singular. Una poesía de lo cotidiano, del amor y el desencanto, de la mitología y la literatura, del cómic y la ciencia ficción, de los bares y los dioses.
Recuerdo con nitidez el momento en que descubrí su poesía. Tenía 19 años y ya había leído a otros poetas culturalistas, desde la belleza meditativa de Antonio Colinas —a quien conozco personalmente— a la exuberancia de Pere Gimferrer. Pero lo de Luis Alberto era otra cosa. Era diferente, explosivo, atrayente. Un poeta que hablaba de Star Wars, de Tolkien, de La Ilíada, que desfilaba con igual soltura por la épica de Bradamante que por las baladas de Bowie. ¿Cómo no iba a impactarme? Yo, que me alimentaba de literatura fantástica, de historia, de una filosofía más bien mundana y de cine de aventuras, sentí en sus versos una identificación inmediata, una afinidad casi secreta, como si alguien hubiera sabido traducir mi mundo interior a un lenguaje poético sin solemnidad innecesaria, con la naturalidad de quien escribe desde el goce y el disfrute, y no desde la torre de marfil.
Compré entonces su Poesía completa editada por Visor. Años más tarde, Bloc de otoño (Visor Libros, 2018), y finalmente aquel tesoro publicado por Reino de Cordelia, Canciones completas (2019), que reunía todas sus letras escritas para canciones. En la Feria del Libro de Madrid de 2019 pude conocerlo. Me acerqué con nerviosismo y con la admiración que sólo puede provocar alguien que ha influido en tu manera de entender la literatura y su cultivo. Me dedicó su libro de canciones con generosidad y una sonrisa que parecía agradecer el entusiasmo genuino. Aquel día confirmé algo que ya intuía en sus versos, artículos y entrevistas: Luis Alberto de Cuenca no es solo un gran poeta; es, además, un hombre afable, poseedor de una cultura vasta y de una conversación profunda.
Pocas veces puede aplicarse con tanta precisión un término prestado del cómic a la poesía. Luis Alberto escribe con una “línea clara”. Como el historietista Hergé, de quien toma prestado el término, creador de Las aventuras de Tintín (me aficioné a las aventuras del joven periodista belga gracias a nuestro laureado poeta), construye una estética limpia, precisa, sin barroquismos, donde la nitidez es una forma de profundizar. No hay impostura ni afectación, pero sí una atención constante a lo emocional y a lo intelectual. Sus poemas son cápsulas de sabiduría pop y clásica, aforismos disfrazados de anécdota, odas a lo irreverente, pero también a lo eterno.

“Si me pierdo en el tiempo, me encontraréis en sitios / como Constantinopla, siglo VI después / de Cristo, o en Ginebra, a comienzos del siglo / XIX. Lo mío es el pasado”, escribe en Cuaderno de vacaciones (Visor Libros, 2014). Esa melancolía retroactiva, ese culto al pasado como territorio mítico y estético, es también uno de los sellos de su obra. En la obra del poeta madrileño, la memoria se aparta de la nostalgia para convertirse en un gesto de reconocimiento. El tiempo —como el amor, la literatura o el heroísmo— se convierte en materia poética, en filtro a través del cual mirar el presente con lucidez y con buen humor.
Hoy ya no lo leo ni lo sigo con la intensidad de aquellos años, pero me alegra profundamente este reconocimiento. Celebro el premio como la confirmación de una voz que ha sabido mantenerse fiel a sí misma y atenta a su tiempo. Y deseo que muchos más lectores —jóvenes o no, amantes de la épica o de la ironía, del rock o de los romanceros medievales— descubran a este poeta imprescindible.
Porque Luis Alberto de Cuenca Prado ha hecho algo que muy pocos logran. Ha construido una obra sólida, seductora, inteligente y accesible; una poesía que no teme ser popular sin renunciar a la exigencia literaria. En una época en que la poesía a menudo se repliega en lo hermético o en la autoayuda disfrazada, él nos recuerda que se puede escribir buena poesía hablando de princesas, de androides, de exparejas y de Aquiles.

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