David Hockney (Bradford, Inglaterra, 1937) es una figura central del arte del siglo XX y XXI, cuya obra articula los discursos de la representación, la percepción visual, la tecnología aplicada a la pintura y la sexualidad desde un enfoque singularmente autorreferencial, pero profundamente conectado con las transformaciones socioculturales de su tiempo. Su trabajo, caracterizado por un profundo dominio técnico y una constante renovación de lenguajes, es también un archivo visual de una sensibilidad gay integrada a las tradiciones plásticas de la modernidad.
Hockney se formó en el Bradford College of Art (1953–1957), donde comenzó a experimentar con la pintura figurativa en un contexto dominado por el expresionismo abstracto. En 1959 ingresó en el Royal College of Art de Londres, institución decisiva en su desarrollo. Allí entra en contacto con otros artistas que formarían parte de la llamada School of London (como Kitaj o Bacon), pero también con las nuevas vanguardias norteamericanas. Desde su etapa estudiantil, mostró un interés por la figuración narrativa, el uso del texto en la imagen y los elementos autobiográficos. Obras tempranas como We Two Boys Together Clinging (1961), cuyo título proviene de un poema de Walt Whitman, incorporan una explícita temática homoerótica, lo que en el contexto británico de la época (donde la homosexualidad era todavía ilegal) supuso una forma de resistencia plástica y política.

En 1964 Hockney se traslada a Los Ángeles, un cambio de contexto que transformará radicalmente su paleta, su relación con el color y su aproximación al espacio pictórico. La luz californiana, el diseño arquitectónico y la cultura del ocio se integran en su obra a través de composiciones geométricas, fondos planos y una deliberada ausencia de dramatismo. Durante este periodo realiza su célebre serie de piscinas, como Peter Getting Out of Nick’s Pool (1966) o A Bigger Splash (1967), en las que Hockney utiliza la piscina como dispositivo escénico, superficie simbólica de deseo, artificio y control espacial. Estas obras, más allá de su aparente simplicidad, implican una reflexión sobre el agua como materia pictórica: representación del movimiento y de la transparencia, lo cual exige soluciones formales precisas.
Entre toda su producción, Portrait of an Artist (Pool with Two Figures) (1972) destaca como una obra clave, no solo en su trayectoria sino en el arte contemporáneo. Esta pintura representa a un hombre vestido (de pie en la orilla) observando a otro nadando bajo el agua. El cuadro se basa en la superposición de dos fotografías no relacionadas entre sí, una de un nadador subacuático y otra de un hombre de pie. Hockney ensambla estas imágenes mediante una compleja operación de reconfiguración espacial y narrativa. Formalmente, la obra presenta una composición horizontal en la que el plano pictórico se divide en franjas: el agua, la vegetación y las colinas del fondo. La figura del observador —probablemente Peter Schlesinger, ex pareja de Hockney— introduce una tensión emocional latente: la distancia entre ambos cuerpos sugiere tanto una fractura afectiva como una imposibilidad de contacto, acentuada por la inmersión del nadador, invisible desde el exterior.

El tratamiento del agua es central: mediante pinceladas meticulosas, Hockney reproduce la refracción de la luz sobre la piel y la superficie, lo que obliga a una pintura de observación minuciosa, casi científica. No hay en esta imagen nada de espontáneo: la escena fue construida a partir de múltiples bocetos, fotografías y sesiones preparatorias, durante un periodo particularmente doloroso en la vida del artista, tras su ruptura con Schlesinger. Este cuadro, mi favorito personal, encarna la capacidad de la pintura para articular emociones complejas mediante recursos puramente visuales. La inmovilidad del hombre en la orilla, su traje, su mirada detenida, contrastan con el dinamismo del agua y del cuerpo sumergido. El espectador queda suspendido entre dos estados: el deseo y la pérdida, la superficie y la profundidad, el recuerdo y el presente. Tengo una reproducción colgada en mi habitación, y no por un simple gusto estético, sino porque esta imagen condensa, con precisión quirúrgica, una atmósfera emocional que reconozco y habito: la contemplación distante de lo amado, el momento en que el deseo ya ha devenido recuerdo, y la belleza persiste como forma, no como vínculo.

La conseguí casi por casualidad, rebuscando entre decenas de láminas apiladas en una modesta feria de arte que se instala en la Plaza Cervantes de Madrid, justo frente al Hotel Riu. No iba buscando nada concreto, pero al descubrirla —casi oculta entre otras reproducciones menos intensas— supe de inmediato que tenía que traerla conmigo. La enrollé con cuidado y la llevé a Ibiza como quien se lleva un secreto: un fragmento privado de la historia del arte, domesticado en el rincón de una habitación.
A partir de los años ochenta, Hockney se embarca en una serie de experimentos técnicos que lo alejan de la pintura tradicional sin abandonar nunca la reflexión sobre la imagen. En su serie de joiners, por ejemplo, utiliza collages de Polaroids y fotografías para construir imágenes en múltiples perspectivas, inspiradas en el cubismo y en la idea de que la fotografía tradicional impone una mirada unívoca. En los años 2000, adopta tecnologías digitales como el iPad y el iPhone, desarrollando una serie de dibujos digitales que recuperan el gesto inmediato del boceto pero con herramientas contemporáneas. Estos trabajos, lejos de ser anecdóticos, integran su reflexión sobre el tiempo, el color y la representación del espacio desde nuevos dispositivos técnicos.

En la actualidad, Hockney continúa trabajando activamente. Su serie de paisajes del este de Yorkshire, como The Arrival of Spring in Woldgate, East Yorkshire (2011), recupera el motivo natural desde una mirada digital, al tiempo que actualiza la tradición inglesa del paisaje pictórico. Su exposición en la Royal Academy y su instalación en formato panorámico en múltiples pantallas digitales evidencian que la obra de Hockney no se limita a la pintura, sino que se expande hacia una práctica visual total. En 2018, Portrait of an Artist (Pool with Two Figures) fue subastado por 90 millones de dólares, convirtiéndose en la obra más cara de un artista vivo hasta entonces. Este dato, más allá del mercado, confirma su lugar central en la historia del arte reciente.
La trayectoria de David Hockney es la de un artista que ha explorado de manera constante las relaciones entre visión, técnica y deseo. Su obra evita los discursos moralizantes o panfletarios, pero no renuncia a una afirmación sutil de la homosexualidad como dimensión estética. En su pintura se condensan siglos de tradición figurativa, pero también una mirada contemporánea sobre la fragmentación de la percepción, el cuerpo observado y el amor como escena de contemplación. Portrait of an Artist (Pool with Two Figures) condensa todo esto: la técnica precisa, el artificio visual, la construcción afectiva, el paisaje como estructura simbólica. Es, en efecto, un cuadro donde la pintura actúa no como espejo del mundo, sino como superficie de pensamiento.
